Últimamente he pensado en cuánto tiempo dedicamos las madres a considerar la educación de nuestros hijos. Buscamos buenos libros, investigamos diferentes métodos, pensamos en las experiencias que queremos ofrecerles y procuramos crear un ambiente en el que puedan aprender y crecer. Especialmente cuando educamos en casa, es fácil dedicar buena parte de nuestra atención a lo que nuestros niños necesitan conocer. Pero en medio de tantos planes para su educación, hay algo que también merece nuestra atención: nuestra propia formación.
Antes de convertirnos en madres teníamos intereses, libros que queríamos leer, temas que deseábamos estudiar y cosas que nos despertaban curiosidad. La maternidad transforma nuestras prioridades, y durante los primeros años puede resultar difícil encontrar tiempo para esas actividades. Hay días en los que apenas logramos terminar lo que teníamos previsto, mucho menos sentarnos tranquilamente a leer. Sin embargo, aunque nuestras circunstancias hayan cambiado, seguimos necesitando alimentar nuestra mente y continuar creciendo.
Una de las cosas que me atrae de la filosofía de Charlotte Mason es la importancia que concede a una educación rica en ideas. Queremos que nuestros hijos conozcan la historia, disfruten de la buena literatura, observen la naturaleza y desarrollen una relación personal con Dios. Pero ¿por qué habríamos de pensar que esas cosas son importantes solamente durante la infancia? Nosotras también necesitamos buenos libros, conversaciones interesantes y oportunidades para descubrir algo nuevo.
Charlotte Mason no se interesó únicamente por la educación de los niños. A través de la Parents’ National Educational Union también promovió que los padres continuaran aprendiendo y reflexionando sobre la educación. Me parece significativo que una filosofía que concede tanta importancia a la formación de los hijos también reconozca el papel de la educación de los adultos. Después de todo, el deseo de aprender no debería desaparecer cuando terminamos nuestros estudios formales o comenzamos a criar una familia.
Y no me refiero solamente a aprender cosas que después podamos enseñarles a nuestros hijos. Por supuesto, es maravilloso descubrir junto a ellos el nombre de un pájaro, conocer la historia detrás de una pintura o buscar en un mapa el lugar donde transcurre un cuento. Pero también podemos leer una novela simplemente porque disfrutamos de la literatura, estudiar un período histórico que nos interesa o dedicar tiempo a conocer mejor las Escrituras. Nuestra educación tiene valor aunque no se convierta inmediatamente en una actividad para nuestros niños.
Creo que esto es especialmente importante porque, sin darnos cuenta, podemos comenzar a medir nuestras actividades únicamente por lo útiles que resultan para nuestra familia. Leemos sobre crianza para ser mejores madres, investigamos métodos educativos para enseñar mejor y buscamos recetas o sistemas de organización para manejar el hogar. Todas esas cosas tienen su lugar, pero también necesitamos espacio para aprender por el placer de conocer. No todo libro que leamos tiene que ayudarnos a resolver un problema o mejorar alguna parte de nuestra rutina.
También pienso en el ejemplo que ofrecemos a nuestros hijos. Queremos que disfruten de la lectura, pero ¿nos ven leer? Deseamos que sean curiosos, pero ¿seguimos haciendo preguntas sobre el mundo que nos rodea? Esperamos que desarrollen el hábito de estudiar la Biblia, pero ¿estamos procurando conocerla mejor nosotras mismas? No necesitamos hacer de cada actividad personal una lección para ellos. Muchas veces, el simple hecho de crecer en un hogar donde los adultos leen, investigan y conversan sobre lo que están aprendiendo les permite comprender que la educación forma parte de toda la vida.
Por supuesto, sé que hablar de nuestra propia formación puede sonar como otra cosa que añadir a una lista de responsabilidades que ya parece interminable. No quisiera que ninguna madre terminara de leer esto pensando que ahora también necesita completar varios libros al mes, comenzar un curso o establecer una rutina de estudio perfecta. Hay temporadas en las que disponemos de muy poco tiempo y energía, especialmente cuando tenemos niños pequeños que requieren nuestra atención constantemente.
En esta etapa de mi vida, por ejemplo, estoy leyendo The Hobbit, de J. R. R. Tolkien, y Patriarcas y profetas, de Elena G. de White. Procuro leer varias páginas de cada uno al día, muchas veces con mi niño en el regazo, porque suele despertarse poco después que yo. No siempre tengo el tiempo tranquilo que había imaginado para leer, y sinceramente no sé cuándo terminaré ninguno de los dos libros. Pero continúo. Algunas mañanas avanzo un poco más y otras apenas unas páginas. He aprendido que no necesito esperar a tener largos períodos de tiempo libre para seguir disfrutando de la lectura. Por ahora, esos pequeños momentos son suficientes para mantenerme leyendo y aprendiendo.
No creo que debamos despreciar esos pequeños momentos de aprendizaje simplemente porque no se parecen a las largas horas de estudio que podíamos disfrutar en otra etapa de nuestra vida. Tal vez un libro nos acompañe durante varios meses porque tenemos que dejarlo y retomarlo una y otra vez. Quizás en este momento solo podamos leer unas páginas antes de dormir, escuchar un capítulo de un audiolibro mientras realizamos alguna tarea o dedicar unos minutos a estudiar un pasaje de la Biblia. Todo eso también cuenta.
Y aunque me encanta pensar en todos los libros y conocimientos que podemos adquirir, creo que nuestra formación espiritual merece una atención especial. Es posible pasar mucho tiempo preparando historias bíblicas, versículos y actividades para nuestros hijos sin detenernos a considerar cómo estamos cultivando nuestra propia relación con Dios. En Lucas 10 encontramos a María sentada a los pies de Jesús, escuchando su palabra, mientras Marta estaba preocupada por las muchas tareas que tenía que realizar. Me parece un recordatorio valioso de que, aun en medio de responsabilidades legítimas, necesitamos reconocer la importancia de escuchar al Señor.
No significa que debamos abandonar nuestras tareas o que todas podamos dedicar una hora tranquila cada mañana al estudio bíblico. Pero sí podemos recordar que nuestra vida espiritual no existe solamente para sostener la de nuestros hijos. Nosotras también necesitamos conocer a Dios, acudir a su Palabra con nuestras propias preguntas y permitir que transforme nuestro carácter.
Me gustaría que nuestros hijos crecieran comprendiendo que aprender no es algo que hacemos solamente durante los años escolares. Que los libros no desaparecen de nuestra vida cuando terminamos una clase. Que siempre habrá algo nuevo que descubrir acerca del mundo que Dios creó y que, por muchos años que vivamos, nunca agotaremos todo lo que podemos conocer. Me gustaría que pudieran ver algo de eso en nosotras, no porque tengamos todas las respuestas, sino porque seguimos haciendo preguntas y buscando aprender.
Quizás esta semana, antes de buscar otro recurso educativo o añadir una actividad a nuestros planes, podamos pensar en algo que nos gustaría aprender. No necesariamente algo relacionado con la educación de nuestros hijos, sino algo que despierte nuestra propia curiosidad. Puede ser un libro que hemos querido leer desde hace tiempo, un tema bíblico que deseamos estudiar con más detenimiento o algún aspecto de la naturaleza, la historia o el arte que siempre nos ha interesado.
No tenemos que convertirlo en un proyecto complicado ni establecer una fecha para terminarlo. Podemos comenzar con lo que tenemos y avanzar según nuestras posibilidades. Nuestros hijos tienen toda una vida por delante para seguir aprendiendo, y nosotras también. La maternidad ocupa una parte preciosa de nuestra vida, pero no representa el final de nuestra propia educación. Mientras acompañamos a nuestros hijos en sus descubrimientos, podemos continuar haciendo los nuestros.


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