Cómo fomentar el asombro en nuestros niños (y por qué es importante)

Published by

on

Cuando salimos a caminar después de la lluvia, mi niño suele detenerse a mirar los charcos que se forman en el camino. También le llaman mucho la atención las ramitas que han caído de los árboles. Las recoge, las examina con cuidado y muchas veces quiere llevarlas a casa. Son cosas tan comunes que probablemente yo pasaría por alto si estuviera caminando sola, pero a él le resultan fascinantes y puede dedicarles bastante tiempo.

Me encanta observar su curiosidad, aunque debo admitir que no siempre es fácil caminar al ritmo de un niño pequeño, especialmente cuando tenemos algún lugar al que llegar. Sin embargo, esas pequeñas pausas me han hecho pensar en cuánto podemos aprender de la manera en que nuestros hijos miran el mundo. Para nosotros, un charco puede ser simplemente algo que debemos esquivar, mientras que para ellos es una oportunidad para descubrir algo nuevo. Todavía no se han acostumbrado tanto a las cosas que los rodean como para dejar de prestarles atención.

Me pregunto en qué momento comenzamos a perder esa capacidad de maravillarnos ante las cosas sencillas. Quizás ocurre poco a poco, a medida que crecemos, adquirimos responsabilidades y nos acostumbramos a caminar con la mirada puesta en lo próximo que tenemos que hacer. Por eso, una de las cosas que más deseo conservar durante la infancia de mi niño es esa curiosidad que lo lleva a detenerse, observar y disfrutar de cosas que para nosotros parecen insignificantes.

El asombro también es parte de la educación

Una de las cosas que más me atraen de la filosofía educativa de Charlotte Mason es la importancia que concede al encuentro directo de los niños con el mundo que los rodea. Mason animaba a las familias a pasar tiempo al aire libre, observar la naturaleza y permitir que los niños desarrollaran una relación personal con aquello que descubrían. Antes de aprender los nombres de las flores, pueden detenerse a admirarlas; antes de estudiar los pájaros, pueden escuchar sus cantos y observar cómo se mueven entre las ramas.

Esto no significa que los libros o las explicaciones sean menos importantes. Al contrario, creo que los buenos libros enriquecen muchísimo estas experiencias, especialmente cuando responden a una curiosidad que ya ha despertado. Si durante una caminata encontramos un insecto que nunca habíamos visto, podemos regresar a casa y buscarlo en uno de nuestros libros de referencia. Así, la lectura se convierte en una continuación natural de algo que hemos vivido y que queremos conocer mejor.

A veces, con nuestras mejores intenciones, podemos apresurarnos a explicarles todo. Vemos una mariposa y enseguida queremos enseñarles su nombre, hablarles de su ciclo de vida o buscar una actividad relacionada. Aunque todas esas cosas pueden ser maravillosas, también podemos quedarnos unos minutos observándola juntos, sin sentir que tenemos que aprovechar cada oportunidad para enseñar algo. Creo que parte de fomentar el asombro consiste precisamente en permitir que nuestros hijos disfruten de sus descubrimientos sin que nosotros tengamos que dirigirlos siempre.

Una noche bajo las estrellas

Hay una experiencia del educador John Senior que me gusta mucho y que me ha hecho pensar en la importancia del asombro. Durante la década de 1970, Senior enseñaba en la Universidad de Kansas, donde, junto con otros dos profesores, desarrolló un programa de humanidades que buscaba acercar a los estudiantes a las grandes obras de la literatura, la filosofía y la cultura occidental.

Lo interesante es que estos profesores entendían que una buena educación necesitaba algo más que libros y clases. Querían despertar en sus estudiantes la capacidad de maravillarse ante la realidad y, entre las experiencias que promovían, estaban las salidas nocturnas para contemplar las estrellas. Llevaban a los jóvenes fuera de la ciudad, lejos de las luces, para que pudieran observar el cielo y experimentar por sí mismos su belleza.

Me parece precioso imaginar a un grupo de universitarios dedicando una noche a contemplar las estrellas como parte de su educación. Aquellos profesores reconocían que, para apreciar las grandes obras de la literatura y del pensamiento, también era importante cultivar la atención, la imaginación y la capacidad de maravillarse ante el mundo. El programa tenía un lema en latín, Nascantur in admiratione, que podemos traducir como «Que nazcan en el asombro».

Pienso en esa experiencia cuando observo a mi niño durante nuestras caminatas. Él todavía no necesita que lo lleve a un lugar extraordinario para maravillarse, porque por ahora le basta un charco, una ramita o un pájaro que se posa cerca de nosotros. Me gustaría que, mientras crece y aprende tantas cosas nuevas, conserve esa disposición a observar el mundo con interés. Y también me gustaría recuperar yo misma algo de esa curiosidad que tan fácilmente perdemos los adultos.

Cómo podemos cultivar el asombro en casa

Creo que una de las mejores cosas que podemos hacer es dejar un poco de espacio en nuestros días para observar y descubrir. No siempre resulta sencillo, especialmente cuando tenemos diligencias, comidas que preparar y tantas otras responsabilidades, pero muchas de las experiencias más bonitas con nuestros hijos pueden surgir precisamente cuando no tenemos demasiada prisa.

Salir al aire libre sin tener siempre una actividad preparada. Una caminata por el vecindario, una visita al parque o unos minutos en el patio pueden ofrecer muchas oportunidades para descubrir. Podemos observar cómo cambian los árboles con las estaciones, buscar pájaros, recoger hojas o mirar las nubes. No necesitamos ir muy lejos ni planificar una excursión especial, porque incluso los lugares que visitamos con frecuencia pueden ofrecernos algo nuevo que observar.

Seguir los intereses de nuestros niños. Si algo llama su atención, podemos detenernos un momento y acompañarlos en su descubrimiento. Quizás hoy sea una piedra y mañana un insecto. Aunque a nosotros no nos parezca particularmente interesante, podemos escuchar sus preguntas, observar junto a ellos y permitir que sean sus propios intereses los que guíen la experiencia.

Tener buenos libros a nuestro alcance. Me encanta cómo una historia puede despertar el interés por algo que después encontramos en la vida real. Un cuento sobre un oso puede llevarnos a buscar información sobre los animales del bosque, mientras que un libro sobre las aves puede ayudarnos a reconocer alguna durante nuestro próximo paseo. También podemos tener un libro de referencia sobre animales, plantas o insectos al que regresar cuando surjan preguntas, sin sentir que debemos convertir cada descubrimiento en un estudio formal.

No sentir que debemos tener todas las respuestas. A veces podemos responder a una pregunta diciendo: «No lo sé, vamos a averiguarlo». Podemos buscar juntos en un libro, observar durante varios días o simplemente dejar que la pregunta nos acompañe un tiempo. Creo que también es bueno que nuestros hijos nos vean interesados en aprender, porque así descubren que la curiosidad no termina cuando nos hacemos adultos.

Permitir momentos de tranquilidad y juego libre. Los niños necesitan oportunidades para jugar, explorar e imaginar sin que cada minuto esté organizado. En medio de tantas opciones de entretenimiento, actividades y pantallas, me parece especialmente valioso ofrecerles tiempo para descubrir las cosas a su propio ritmo. No siempre tenemos que intervenir o proponerles algo nuevo cuando están entretenidos observando, construyendo o explorando.

También creo que es importante cultivar nuestro propio asombro. Es difícil invitar a nuestros hijos a maravillarse ante el mundo si nosotros mismos hemos dejado de prestarle atención. Quizás podamos comenzar por levantar la mirada durante nuestras caminatas, detenernos a escuchar un pájaro o salir una noche a observar las estrellas. Son cosas sencillas que podemos disfrutar juntos y que también nos ayudan a estar más presentes.

Aprender a reconocer la mano de Dios

Como mamá cristiana, deseo que mi niño crezca reconociendo la belleza de la creación y, a través de ella, el amor y la sabiduría de Dios. Hay un versículo de los Salmos que siempre me ha parecido especialmente hermoso: «Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos» (Salmo 19:1).

Me gusta pensar que cada oportunidad de observar la naturaleza puede ayudarnos a conocer un poquito más al Creador. La delicadeza de una flor, los colores de un pájaro, la lluvia que alimenta la tierra y el cielo lleno de estrellas nos recuerdan que vivimos rodeados de maravillas que muchas veces dejamos de apreciar por estar ocupados con nuestras responsabilidades.

No creo que tengamos que convertir cada paseo en una lección espiritual ni buscar una enseñanza específica en cada cosa que encontramos. Podemos disfrutar de la creación, agradecer a Dios por ella y compartir esa alegría con nuestros hijos de una manera sencilla y natural. Quisiera que mi niño aprendiera a reconocer la bondad de Dios no solamente durante nuestros momentos de lectura bíblica, sino también en las pequeñas experiencias que forman parte de nuestra vida cotidiana.

Conservar esa capacidad de maravillarnos

A veces siento que, como padres, tenemos tantas preocupaciones por todo lo que nuestros hijos deben aprender que podemos olvidar cuánto están aprendiendo mientras viven, juegan y observan. Queremos enseñarles los colores, los números, las letras y tantas otras cosas buenas, pero también podemos darles tiempo para mirar las hormigas, recoger ramitas, escuchar la lluvia y hacer preguntas para las que todavía no tenemos respuestas.

No quisiera que la infancia de mi niño estuviera tan llena de actividades que apenas quedara espacio para esos pequeños descubrimientos. Al mismo tiempo, sé que habrá días en los que tendremos que caminar más rápido, en los que no podremos detenernos a mirar cada charco y en los que las responsabilidades de la casa ocuparán buena parte de nuestro tiempo. Así es la vida familiar, y no necesitamos sentir que hemos perdido una oportunidad importante cada vez que las cosas no salen como quisiéramos.

Lo que sí podemos hacer es procurar que, en medio de nuestra rutina, haya momentos para observar el mundo sin tanta prisa. Podemos salir a caminar, regresar a los mismos lugares durante las diferentes estaciones y permitir que nuestros hijos nos muestren las cosas que llaman su atención. Muchas veces descubriremos que aquello que para nosotros parecía insignificante era precisamente lo que ellos necesitaban tiempo para explorar.

Quizás una de las cosas más bonitas de acompañar a nuestros hijos durante sus primeros años sea que también nosotros tenemos la oportunidad de mirar el mundo nuevamente a través de sus ojos. Mientras ellos descubren por primera vez tantas cosas, nosotros podemos recuperar un poco de esa capacidad de asombrarnos que teníamos cuando éramos pequeños y recordar cuánta belleza ha puesto Dios a nuestro alrededor.

Hasta la proxima…

-Mayra

Leave a Reply